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lunes, 25 de enero de 2010

Conejo Rosa

Esta vez, no es Carlos, ni Kenneth, quien habla, como una vez dijo Mahtma gandhi: <>, él que hoy escribe es (Y esto ya lo dice el...) ¡Juan Fran! A quienes algunos conoceréis, y otros... no.
Os dejo con esta historia que no es un sueño,mas quizás, un triste e incomprensible vodevil


-Racionalmente debería atender a los adustos comentarios e intrínsecos hechos que en la mayoría de la gran parte de la poblaciónse dan: el popular populacho pululantemente polonguea con pololos y pololas, aunque ninguno de ellos lo quiera confesar.-Así comenzó a hablar el misterioso conejo rosa.

Robin miró al extraño conejo que ante él tenía. Su desmesurado sombrero de copa se balanceaba de un lado a otro sin -misteriosamente- caerse. Su chaleco era negro como el carbón y llevaba atada al cuello una pajarita que intentaba escaparse y que no paraba de piar. Los ojos del conejo eran completamente negros, como el tizón, como el alquitrán, como la pez, y estaban perdidos, no miraban a ningún sitio en particular.

- Pero atendiendo racionalmente a los intrínsecos comentarios y adustos hechos,-continuó diciendo el conejo rosa mientras que la pajarita intentaba echar el vuelo- la respuesta real ante el crímen organizado no es más que la saporización de un gran caldo de erizos y tomate, con un chorrito de churretoso y chorreante, chorizo de oliva. Quizás estas palabras a nada le sepan a usted señor Mister Crochman, pero he de decirle, si me permite la temeridad, que... es usted un gran emblema para este charco, y no sólo para el charco en sí, sino para cualquier ave de rapiña que en el gran cañón del coñorado quiera cazar con la libertad de un conejo verde.-

Así continuó el conejo rosa. Durante toda la velada siguió diciendo las más grandes incongruencias escuchadas jamás por un hombre, pero aún así me gustaba escucharlo. Poco a poco me perdía en sus palabras, y no atendía a lo que decía, ya no sabía si el conejo estaba de acuerdo con la aceptación de orejas como moneda única o no, o si le gustaba más o menos el sabor de la tierra lunar. Ya no sabía si hablaba un conejo rosa o un hombre alto de ojos azules y pelo cano, o si era una mujer peripuesta de cremajes, maquillaje y horrible peinado, que con odiosos ornamentos se asemejaba a una oscura y triste mujer que anhela la juventud, o si, era yo el conejo rosa o si... o si sólo quería dormir.
La pajarita al fin consiguió liberarse de su atadura y comenzó a volar por un oscuro cielo, perdiéndose en la noche.

De Juan Fran

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